16
MAY
2020

Carta semanal del Sr. Obispo



Queridos diocesanos:

En estas última semanas se registra, gracias a Dios, un lento pero progresivo descenso en el número de fallecidos y de infectados a causa de la pandemia del coronavirus. Esto ha permitido que las autoridades sanitarias hayan relajado el estado de alarma dando inicio a un programa de “desescalada” ˗como han dado en llamarlo˗, que tendrá diversas fases. Este hecho nos va a permitir mayor libertad de movimientos y de acción, algo que se había convertido en auténtico objeto  de deseo.

Como estaba previsto desde el principio, la Iglesia acomoda también sus normas al final del periodo más exigente del estado de alarma con su severo requerimiento de reclusión dentro de nuestras casas. Son muchos, y de diversos modos, los que en los días pasados han manifestado su legítimo, y ¡vivo!, deseo de volver a una praxis litúrgica más normal, que facilite el acceso a los sacramentos, sobre todo la asistencia a la Santa Misa. Como es sabido, en buena parte de las provincias de España esto es ya un hecho, aunque todavía caracterizado por limitaciones y restricciones, que anuncia tiempos mejores.

Espero que la situación que hemos vivido en este aspecto haya servido para acrecentar en todos el deseo, el ansia diría, de la Sagrada Eucaristía. Muchos fieles han experimentado en este tiempo la convicción y el sentimiento de aquel numeroso grupo de cristianos que, al comienzo del siglo IV fueron condenados a muerte por haberse reunido en asamblea el domingo para celebrar la Eucaristía. El emperador  había prohibido bajo pena de muerte poseer las Sagradas Escrituras, edificar lugares de culto y celebrar la Eucaristía. Aquellos cristianos confesaron la razón de su comportamiento que los hacía merecedores del martirio: Es que, dijeron, no podemos vivir sin el domingo, día en que celebramos la Eucaristía.

Este tiempo nos ha demostrado lo duro que se hace vivir sin la celebración de la Misa y nos ha permitido experimentar que ella es verdaderamente “el culmen al que tiende la acción de la Iglesia y, a la vez, la fuente de la que brota toda su fuerza” (Conc. Vaticano II, Constit. sobre la Sagrada Liturgia Sacrosanctum Concilium, 10). Ojalá que la experiencia vivida nos sirva para comprender que la Eucaristía dominical no es simplemente un precepto de la Iglesia que debemos cumplir, sino una verdadera necesidad si se quiere vivir una vida cristiana que sea coherente con la fe que se profesa.

No podemos olvidar que en nuestra sociedad pluricultural, también en países como España, de rica y arraigada tradición cristiana, resulta cada vez más costoso mantener, netos y precisos, los aspectos específicos de nuestra identidad cristiana. Todo favorece e invita a vivir una religiosidad y una moral difusa, standard, de contornos difuminados, válida para todos, sin que cuente demasiado el credo que se profesa.

La Misa en cambio reafirma el carácter cristiano de nuestra existencia: nos recuerda que somos la familia de Dios, el pueblo de la nueva Alianza, que  se reúne para celebrar a su Señor al que confiesa como su único Dios; que vive de su Palabra y del Pan de vida, creadores de la comunión entre los fieles; que despierta continuamente la preocupación por  los hermanos a los que estamos llamados a servir hasta la muerte, como el Maestro que da su vida sobre la Cruz y muere por nosotros y para nuestra salvación. En cada Eucaristía nuestra fe, la voluntad de entrega  de la propia vida y la esperanza en los bienes prometidos se renuevan al celebrar el memorial del misterio pascual de Jesucristo.

Quiera Dios Nuestro Señor que la experiencia de estas semanas haga que la Misa sea, en verdad, para cada uno de nosotros el centro de nuestra vida cristiana.

 


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