23
AGO
2020

Domingo XXI del Tiempo Ordinario



CRUZ CAMPOS MARISCAL

 ¡¡¡¡FELIZ DIA DEL SEÑOR!!!! Mateo 16, 13-20

 “¡Sobre esta piedra edificaré mi Iglesia!”, dice Jesús. “El Señor es mi roca, mi baluarte… la peña en que me amparo, mi escudo mi fuerza y mi salvación” (Salmo 18, 3). En el nuevo testamento la roca es Cristo: “la piedra que despreciaron los constructores y que se ha convertido en piedra angular” (Hechos 4, 11). Jesucristo es la piedra sobre la que apoya el edificio, los cimientos, la que da estabilidad y cohesión al edificio. Cuando Cristo suba al cielo hará falta una referencia visible de estabilidad y cohesión en su Iglesia. Por eso el Señor anuncia a Pedro que él será el que cumpla esa tarea de dar fortaleza y unidad a la Iglesia.

 Su nombre no era ese, sino Simón, hijo de Jonás. Pero Jesús le cambia el nombre porque le va a encomendar una misión especial. En adelante se llamará “Piedra” (Pedro) porque será él el encargado por Jesús de dar a poyo y fortaleza a la fe de los otros, de dar unidad y cohesión a toda la Iglesia.

 La Iglesia se va a edificar sobre la fe de Pedro: “¡Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo!”. Los demás compartiremos esa fe: unidos por la misma fe y habiendo recibido el mismo Espíritu, eso es la Iglesia. No basta tener unas misma costumbres o tradiciones, o unos mismos ritos, o unas mismas ideas o convicciones compartidas. Nos une la fe en Jesucristo, confiar en él y apoyarnos en él (mi roca, mi fortaleza), el reconocerlo como Señor de nuestra vida, como ungido de Dios (lleno del Espíritu de Dios) que nos da su Espíritu y nos hace hijos de Dios. Sobre la fe de Pedro (don de Dios) se alzará la fe de todos los discípulos en adelante, a semejanza de un edificio bien ensamblado y bien construido.

 Y además de la misión de “piedra” Jesús concreta su tarea: “te daré las llaves”. Son un signo de poder-responsabilidad, como administrador plenipotenciario. “Lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos”: atar y desatar es unir o separar de la comunidad. También puede entenderse como mandar o prohibir aquello que convenga al bien de la Iglesia. Hemos de recordar, no obstante, que ese poder de atar y desatar lo dio Jesús a todos los discípulos (Mt18, 18).

Hoy tenemos que mirar hacia Roma, al sucesor de Pedro, que es el Papa y pedirle a Dios que lo bendiga y le ayude a llevar adelante su tarea de dar fortaleza y unidad a la Iglesia.

 ¡FELIZ DOMINGO!


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