19
JUL
2018

Pepe Rodríguez: «Perdamos el miedo a decir que somos creyentes»



Artículo: ABC

 

Pepe Rodríguez, reconocido chef con una estrella Michelín, nos abre las puertas de su restaurante, El Bohío, poco después de la final de MasterChef, programa estrella de TVE en el que es jurado. Asiduo al santuario de la Virgen de la Caridad, una costumbre que mantiene desde niño, habla sin tapujos para Alfa y Omega de la fama, de su familia y de la fe.

 

¿Quién es Pepe Rodríguez?

Es un hombre que nació en Madrid el 13 de marzo de 1968, aunque toda su familia era de Illescas y se vino de muy niño aquí. Me he criado en un ambiente hostelero. En resumen, soy una persona normal que ha trabajado en aquello que sus padres le dejaron, el restaurante El Bohío, que data de antes de la guerra civil. Que fue un chico feliz, que se crió como cualquier otro niño de los años 80, jugando en la calle a las bolas, a la peonza… Uno más.

¿Y quién es para usted la Virgen de la Caridad? Es habitual verle en su santuario.

Para mí ella es muy importante. Llevo a la Virgen de la Caridad en el corazón. Justo ahora vengo de hacerle una visita y estaba pensando que, lamentablemente, no se la pudo ver en la final de MasterChef. También me acordaba de la suerte que he tenido de disfrutar del santuario y de su presencia. Recordé cada mes de mayo, cuando nos sacaban del colegio y las hermanas mercedarias nos traían a cantar a la Virgen y a rezarle. Aquellos momentos eran tan bonitos, todos reunidos en torno a la Madre. Recuerdo cómo nos teníamos que inventar la frase que decíamos a la Virgen, frases que todavía llevo hoy en mi corazón.

¿Cómo vive su fe en medio del mundo de la televisión y la fama?

Pues con normalidad. La fe no está reñida ni con la televisión ni con la fama; tampoco está reñida con ser arquitecto o médico. La fe se tiene o no se tiene, se vive o no se vive, se lleva o no se lleva. No sé si soy un hombre capacitado para dar ninguna norma, pero a mí no me estorba para nada en mi trabajo. Intento que la gente que está a mi alrededor entienda que soy un hombre de fe, pero tampoco lo voy pregonando ni creo que sea necesario. Cuando toca y surge lo digo con naturalidad para que todo se normalice y no parezca algo extraordinario.

¿Qué es para usted la parroquia?

Soy un hombre que vive en la parroquia, que va a la iglesia de su pueblo y participa en ella. No sé si participo todo lo que debería, pero sí intento que mi familia, mis hijos y mi mujer la vivamos desde dentro. Pero no es nada fácil enseñar a los hijos que vayan a la iglesia. En mi casa mi madre sí iba a Misa, mi padre no. Y quiero que mis hijos vean que yo voy a Misa, aunque ellos son a veces los que no quieren, por la edad y por diversos motivos. El mejor ejemplo que les puedo dar es que vean que yo voy con normalidad y naturalidad.

¿Qué ingredientes debe tener la relación de una persona con Dios?

La mía es muy profunda, pero hacer de eso una receta… ya es difícil. Yo me pregunto: ¿por qué he tenido la suerte de conocer a Dios? ¿Por qué he tenido la suerte de sentirlo cerca y otros no lo sienten? No dependerá de mí; ha sido algo que me ha venido dado. ¿Cómo dar los ingredientes? Primero, es importante haber conocido a Dios. Y luego, darte cuenta de que tienes que cultivar esa relación día a día y que te debe exigir más. Como soy una persona que fallo tanto, no soy ningún ejemplo que seguir para nadie, pero sí sé que, aunque caiga, me puedo levantar y que Dios siempre me perdona.

Ha hecho los Cursillos de Cristiandad. ¿Fue algo determinante?

Sí, hubo un antes y un después del cursillo. Desde niño había ido a Misa porque mi madre me obligaba. Iba y seguro que iba feliz. Aparecí en un cursillo y no sabía muy bien para qué. De hecho, me llevé un balón de baloncesto, pensando que iba a ser algo así como un campamento de verano. Y me encontré con Dios. Tres días sin parar de rezar y sin parar de hablar con Dios, de preguntarle qué quiere de mí. Aquello me cambió, me ayudó a sentirme más cerca de Él. Dios me dijo: «Quiero que te enteres».

¿Se acuerda de sus catequistas?

Sí. Quiero resaltar la labor de un catequista que deja su domingo, que da su tiempo libre, que quita tiempo a su familia por dar la catequesis a los niños. Esto sí me parece algo único. Estamos ahora resaltando un programa de televisión, pero eso no tiene ningún valor comparado con lo que hace un catequista.

¿Qué es para usted la familia?

Es un pilar fundamental. Los que no han encontrado una familia seguro que viven también felices, pero yo tengo tres hijos y no encuentro nada tan grande como ellos. Nada hay más grande que mi familia.

¿Cómo conjuga la vida familiar con la televisión y el restaurante?

Seguramente lo conjugo mal, pero no sé hacerlo de otra manera. Aunque gano otras cosas, me pierdo mucho de vivencias muy importantes de mi familia y de mis hijos. Eso sí, el momento en que estoy con mi familia es único y lo vivo con mucha intensidad. No sé si lo adecuado es pasar un día entero con la familia, si basta solo con las tardes, si hay que ponerse unos horarios para estar con ellos… Yo sobre todo intento que ese tiempo con ellos sea de calidad.

¿Qué valores inculca a sus hijos?

Los que yo tengo, que no sé si son los mejores. A mi hija mayor le insisto para que vaya a Misa los domingos, pero ella no quiere. Me dice: «Papá, que estoy muy liada; papá, que no tengo tiempo, tengo que estudiar…, ¿y cómo voy a perder una hora?». Pues yo voy y doy ejemplo. Y, a veces, cuando me pregunta, le respondo: «¿No te das cuenta de que yo trabajo todos los días de la semana pero encuentro ese momento para ir; lo busco porque lo quiero, porque lo necesito?». Quiero que se dé cuenta de que ir a Misa es lo mejor que va a hacer en su vida. Si saca un siete o un nueve es secundario, pero entiendo que mi ejemplo le puede llegar. Soy lo que soy porque he visto muchos ejemplos en mis padres. A lo mejor quiere volver a ir mañana o dentro de 18 domingos, pero llevarla obligada no es la mejor fórmula.

Si se pregunta a vecinos de Illescas, muchos se acuerdan de cuando ayudaba usted a los toxicómanos.

Fue un momento muy bonito, justo después de hacer cursillos. Todos los cursillistas que conocía hacían algo en aquel momento, y yo nada. Me sentía acomplejado. Me llamaba la atención cuando por la noche tomaba algo con los amigos y veía a un señor en Illescas que se acercaba a los drogadictos y tomaba algo con ellos. Íbamos diciendo: «Mira este, que me robó el radiocasete ayer; mira aquel…». Me di cuenta de lo fácil que es criticarlos y de lo difícil que es hacer como aquel hombre que los ayudaba, don José Soriano. Me estaba dando un ejemplo. Un día por la calle me lo crucé de frente –yo nunca había hablado con él– y le ofrecí mi ayuda.

¿Y qué le contestó?

«Mañana nos vemos, te espero en casa. Empezamos una labor de entrega por los demás…». La cuestión es ayudar al que nos necesita, ya sea da porque no tiene que comer, porque ha venido en una patera… En este caso, se trataba de ayudar al prójimo en una época difícil en la que la droga no se entendía. Esa labor de cuerpo a cuerpo, de buscar recursos, de llevarlos a casa, 24 horas al día… Fue la época más emocionante de mi vida. Estar con los más necesitados te aterriza. Necesitamos contacto con la realidad porque si no perdemos la esencia del ser humano. Cualquiera puede acabar en la droga. Es una pandemia que está ahí, y si no somos sensibles y no lo hacemos algo por los demás, es que no hemos entendido nada de la vida.

Es usted empresario. ¿Cuál es su compromiso en la empresa como cristiano?

Intento ser el mejor empresario posible, pero también es difícil ser el mejor cocinero posible, el mejor maestro posible… Intento llevar a la empresa lo que tengo en el corazón, lo que se me ha dado. Con mis defectos, pero intento tratar a la gente que trabaja conmigo como me gustaría que me tratasen a mí si la empresa fuera de ellos. Al final, soy el administrador y ya está. Lo reflexiono muchas veces, porque es muy difícil mandar con criterio, con sentido, con pulso, con talante, sin superioridad… Mando porque tengo esa responsabilidad no porque lleve una insignia de jefe. Intento aplicar el Evangelio a la empresa y en el trato con la gente que trabaja para mí. Intento también dar ejemplo, llegar el primero, con el compañerismo…

¿Y su colaboración con Cáritas?

La labor de Cáritas es impagable, extraordinaria, solo puedo hablar bien. Me siento parte de Cáritas. Sobre la colaboración, ¡cómo no vas a ayudar a quien te pide ayuda! Si me piden ayuda ahí estoy. Ahora que uno es muy reconocido te llaman de mil asociaciones para que seas su imagen. Bueno, está bien ayudar de esa forma, pero esa disponibilidad hay que tenerla siempre y con todo el mundo. No ahora porque soy reconocido. Tampoco me parece bien que, porque seas famoso, se presuponga que lo que tú digas es lo mejor. No me parece esa la mejor manera de predicar. No me gusta que se me invite ahora que soy reconocido cuando se podría haber hecho antes y lo necesitaba tanto o más. La relación que yo tengo con Dios está por encima de la tele o de la cocina. La ayuda la necesito y la puedo prestar siempre. ¿Solo por mi imagen? No valoro más el testimonio de un famoso creyente que el de un fontanero, un taxista… A mí me interesa el pueblo llano. La gente sencilla y normal.

A los cristianos de a pie nos da miedo decir «yo soy creyente».

A mí también me da miedo. Lo he dicho en ámbitos, más pequeños… Para mí es igual de importante lo que tú me estás contando como lo que yo cuento, para mí tiene el mismo valor; No necesito que seas famosa para que me des ejemplo, ya me lo has dado. Necesitamos sensibilizar a la sociedad. Perdamos todos el miedo a decir que somos creyentes.

¿Cómo ve hoy la labor de la Iglesia?

Como todo, ha evolucionado. La cocina se está actualizando porque es un lenguaje vivo que se transforma. La Iglesia se tiene que renovar, se está renovando continuamente; lleva 2.000 años en constante renovación. Y se tendrá que renovar aún más, y lo que antes eran extraordinario se normalizará. No hay que tenerle miedo al futuro. Antes había un cristianismo con muchas obligaciones. Y ojalá la Iglesia fuese más pobre todavía; la Iglesia nació pobre, deberíamos ser más pobres para quererla más. Las palabras de don José Rivera [conocido sacerdote de Toledo] no se me olvidarán en la vida, cuando decía: «Ojalá la Iglesia se hubiera dedicado a hacer iglesias más pequeñas y más feas; hoy las tendríamos más feas, pero más llenas». En esas tenemos que seguir.


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