10
SEP
2022

Domingo 24 del Tiempo Ordinario



Gracias a Dios que Jesús acogía a los pecadores y se sentaba con ellos,  porque si  no puede ser que ni  tú ni yo estuviéramos hoy aquí, celebrando juntos nuestra fe en el Dios de la misericordia. Algo así viene a decir Pablo en la segunda lectura de hoy: “Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores y yo soy el primero”.

       Lucas nos muestra a un Jesús que habla a los escribas y fariseos que están murmurando contra Él porque se ha sentado a comer con “mala gente” (según ellos). Les intenta explicar con estas parábolas (y también a nosotros) que,  al hacer eso,  muestra  a  un Dios al que le importan “los perdidos”, la oveja, la moneda, el hijo que se va de casa… pero también el hijo mayor, los fariseos y los publicanos, que no entienden su manera de actuar. ¿O es que no nos cuesta a nosotros muchas veces abrir nuestras casas, nuestros corazones, nuestras comunidades a personas distintas,  nuevas,  que no tienen por qué pensar totalmente como nosotros?

       Y es que la experiencia del amor de Dios nace fundamentalmente de no sentirse juzgado, ni condenado, sino al contrario, comprendido, acogido, perdonado, en definitiva, amado por un Dios que sabe de qué “pasta” estamos hechos. Un Dios que comprende, espera y acoge a sus hijos, respetando siempre nuestra libertad. San Pablo da gracias porque Dios, a pesar de sus limitaciones, se ha fiado de él, le ha hecho capaz y le ha confiado una gran responsabilidad. “El Señor derrochó su gracia en mí, dándome la fe y el amor en Cristo Jesús”.


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