El pasaje del evangelio de hoy tiene tres partes: En la primera (vv. 25-26) encontramos una oración de alabanza, con la que Jesús da gracias al Padre por la revelación a los sencillos. En la segunda parte (v. 27), Jesús confiesa que la capacidad para comprender y revelar los designios de Dios le viene de la relación que lo une al Padre. En la tercera parte (vv. 28-30) resuena como una hermosa invitación a los que están “cansados y agobiados” por los incontables preceptos que escribas y fariseos consideraban necesarios para cumplir la ley de Moisés; a éstos critica Jesús su hipocresía e insolidaridad, pues convertían “para otros” la ley en un yugo esclavizante y olvidaban lo principal: la justicia, la misericordia y la fe.
Frente a ellos, Jesús se presenta como el primero en uncirse el yugo que invita a cargar a la gente; él es el modelo de las actitudes que espera encontrar en sus discípulos y por eso les dice: “aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón”. Por eso los sencillos escuchan su voz y se identifican con sus propuestas, mientras que los “sabios y entendidos”, encerrados en sus propias razones y llenos de sí mismos, son incapaces de comprender y aceptar su invitación.
Te doy gracias, Padre… ¿Sientes la necesidad de dar gracias a Dios?, ¿te sientes parte de la gente sencilla por la que da gracias Jesús?
Todo me lo ha entregado mi Padre…¿Sientes que todo lo que eres y lo que tienes procede de Dios?, ¿reconoces entre esos bienes la fe, el conocimiento de Dios, la comunión con él?
Venid a mí…¿eres capaz de acudir a Jesús ante los cansancios y agobios de la vida?, ¿vives la religión con algo agobiante, al estilo fariseo, o encuentras alivio en Jesús?