Los cristianos tiene la misión de ser sal de la tierra; la sal da sabor y ayuda a conservar los alimentos; quienes viven según los valores del Reino, aportan el sabor del Evangelio a la sociedad en la que viven; se convierten en fermento en la masa. Pero corren el riesgo, como la sal, de volverse insípidos y no servir para nada.
Los cristianos también han de ser luz del mundo; como Jerusalén, que debía iluminar a todos los pueblos, el cristiano, iluminado por el Señor resucitado, debe ser luz para todos los que lo rodean. Cómo: mediante las obras de misericordia. Como decía la primera lectura: partiendo tu pan con el hambriento, hospedando a los pobres sin techo…
Pero si, por miedo o por dejadez, el cristiano abandona las buenas obras, desvirtúa la fuerza del Evangelio, anula su luz, la esconde bajo el celemín y se hace la oscuridad. El Evangelio nos anima y nos empuja a cumplir nuestra misión de ser luz y sal en el mundo en el que vivimos.
En un mundo marcado por la violencia y los conflictos armados, hablar de paz sigue siendo una urgencia. Pero la paz no empieza cuando callan las armas. Se construye mucho antes: cuando se garantiza una vida digna, cuando se erradica el hambre, cuando se reducen la pobreza y la desigualdad.
Esta es la convicción que impulsa la Campaña 2026 de Manos Unidas: «Declara la guerra al hambre», una llamada urgente a combatir las causas profundas de la violencia y a apostar por un desarrollo justo como camino imprescindible hacia una paz real y duradera. El hambre es un arma silenciosa más letal que las armas de guerra y que también se utiliza de forma estratégica en los propios conflictos armados.