Al celebrar la Ascensión del Señor a los cielos, leemos el final del evangelio de Mateo: la aparición de Jesús a sus discípulos en Galilea y la misión universal que Jesús les encomienda.
El escenario es Galilea; es el lugar donde Jesús inició y llevó a cabo gran parte de su misión terrena y es el lugar donde convocó a sus discípulos para que le ayudasen en la tarea de anunciar el Evangelio. Ahora los invita a volver al principio, a recomenzar una misión en parte ensayada, en parte nueva, pues los discípulos son enviados “a todos los pueblos”.
En un monte, lugar privilegiado para las revelaciones de Dios, se produce el encuentro entre el Jesús los discípulos; éstos reconocen al Resucitado, -“se postran”-, y son, de forma solemne, enviados a “hacer discípulos”, con dos tareas, la de “bautizar” y la de “enseñar”: el bautismo vincula al nuevo discípulo con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo; y la enseñanza se convertirá en una actividad permanente en la Iglesia. A diferencia de los otros evangelios, en el evangelio de Mateo Jesús no se despide de sus discípulos ni les promete el Espíritu Santo para que los guíe en su ausencia; en lugar de ello, les promete quedarse con ellos “todos los días”, siendo fiel “hasta el fin del mundo” a su nombre de “Emmanuel”: es el Dios con nosotros, presente en la comunidad de discípulos, dispuesto a acompañar a la Iglesia en su misión universal.