A diferencia de los Hechos de los Apóstoles, que sitúa la efusión del Espíritu Santo cincuenta días después de la Pascua, el pasaje evangélico que hemos escuchado hoy la sitúa en el mismo día de Pascua; con ello Juan nos quiere mostrar la estrecha relación entre la Resurrección de Jesús y la donación del Espíritu Santo. Por ello, en vez del viento impetuoso y las lenguas de fuego que aparecen en el relato de Hechos, en este pasaje el Espíritu Santo está simbolizado en el aliento vital del Resucitado, que “sopla” sobre los discípulos.
Con ello recuerda el mismo gesto que Dios hizo al crear al ser humano; y es que el Espíritu Santo hace de los discípulos personas nuevas, recreadas, liberadas de su vieja condición de “encerrados”; y los prepara para asumir la misión: de la misma manera que el padre envió a Jesús, éste envía a los discípulos, pero no solos, sino con la fuerza del Espíritu Santo.
Rasgo típico de esa misión es el perdón de los pecados, con lo que la misión que Jesús encomienda a sus discípulos se presenta como una tarea de reconciliación universal.