La fiesta de la Epifanía nos descubre una actitud muy necesaria: la ADMIRACIÓN. Es la sorpresa por lo que uno se encuentra, el sobrecogimiento agradecido al que sigue la acogida respetuosa. La admiración era, para el filósofo Aristóteles, el principio de la filosofía, del pensar y del razonar. Podemos ampliar la perspectiva diciendo que la admiración es el principio del amor y de la belleza. Ante el misterio del Dios-con-nosotros la primera actitud es la admiración: sorprendernos de tal regalo, sentirnos agraciados, para llegar a responder al Amor con amor, y crear belleza a nuestro alrededor.
Y tras la admiración, viene la ADORACIÓN. Como hicieron los Magos. Como hicieron los pastores. Adorar es postrarse ante lo que es mayor que nosotros. Por eso, en cristiano, adorar sólo adoramos a Dios. Ninguna otra cosa de este mundo debería someternos: ni el dinero, ni el poder, ni el éxito, ni la fama… Muchos cristianos, en los orígenes y en otras épocas, prefirieron entregar su vida antes que adorar a César o a otros ídolos de este mundo. Sólo el Dios de Jesús, hecho hombre por nosotros, es digno de adoración. Y esa adoración no nos hace menos personas sino, al contrario, nos sitúa en nuestro lugar, permitiendo desplegar nuestra vida de un modo adecuado, sin jugar a ser dioses para con nosotros mismos ni para con los demás.
Que en este nuevo año no nos falten ni la admiración por la creación, la redención y la santificación que obran el Padre, el Hijo y el Espíritu; y que tampoco nunca nos falte en nosotros la adoración al Creador, al Redentor y al Santificador. Como aquellos Magos del Evangelio que hoy podemos ser nosotros.