Jesús está hablando con un maestro judío, llamado Nicodemo. Jesús centra la atención en temas de los que apenas se habla en Israel: cómo «renacer» a una vida nueva, qué camino seguir para «tener vida eterna»…
De pronto Jesús pronuncia unas palabras que trascienden cualquier conversación humana, y resumen de manera grandiosa todo el misterio que se encierra en él: «Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único, para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna».
Las palabras de Jesús destacan lo inmenso y universal del amor de Dios. No podía ser de otra manera. Dios ha amado al «mundo», no sólo a Israel, a la Iglesia, a los cristianos… Ha enviado a su Hijo, no para «condenar», sino para «salvar», no para destruir, sino para dar vida eterna. Por desgracia, el ser humano se autoexcluye muchas veces de esta oferta de salvación y se aleja de la luz, condenándose a sí mismo a las tinieblas, al sinsentido. En esto consiste el juicio. Ojalá que nosotros, bautizados en nombre de la Trinidad, vivamos coherentemente nuestra fe de modo que pueda ser para nosotros fuente de vida verdadera.
La Iglesia celebra el domingo 31 de mayo, solemnidad de la Santísima Trinidad, la Jornada Pro Orantibus, que este año lleva por lema: «Vida contemplativa: ¿por quién eres?»
«la vida contemplativa recuerda a toda la Iglesia que la pregunta decisiva no es solo qué podemos hacer y esperar, sino también, y sobre todo, por quién somos, vivimos y actuamos, por quién alzamos la mirada».
Además, se subraya la importancia de una existencia dedicada a la contemplación, que proclama, con la entrega de la vida, que «Dios es digno de ser buscado y amado por sí mismo y que situar la vida ante él representa por sí solo un servicio profundo y silencioso, tanto a la Iglesia como al conjunto de una humanidad muchas veces perdida en trincheras de odio y destrucción. Un servicio y una misión que la Iglesia y los hombres y mujeres de todos los tiempos necesitan».